(Mal) entretenidos en la fragmentación

La fragmentación laboral es una dinámica que tiene décadas, pero que se acentuó en los últimos años, con nuevas formas de trabajo y nuevas tecnologías. Pero centrar la atención solo en ese proceso puede ser enceguecedor y deja pendiente la tarea de construir una identidad trabajadora que integre lo diverso. La actual precarización y caída de los ingresos de formales e informales, de viejos y nuevos trabajos, puede ser la base para construir una identidad trabajadora que integre y unifique reclamos y proyectos comunes. 

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Por Iara Carbotti y Juan Manuel Ottaviano
09 de mayo de 2026

“La patria no se vende, la patria no se vende”, cantan los estudiantes de la popular en el Movistar Arena cuando hace su entrada al escenario el CEO de Cocos Capital.

¿Pero por qué me dicen vendepatria?

Estamos en la Experiencia Endeavor Sub 20 donde se reúnen 12 mil estudiantes “para inspirarse y pensar su futuro”. Ariel Sbdar apenas pudo concluir su presentación. Todavía en el escenario, atribuyó el intercambio con el público a la división política principal de la Argentina. La metáfora (no eufemismo) para nombrar a la política. A la sociedad política y sus divisiones principales.

Me parece una pena que estemos tratando de llevar la grieta a todos lados.”

¿Cuál grieta? ¿La obvia entre el peronismo y los demás? ¿O entre deudores y acreedores? ¿La de los marginados y extremadamente ricos? ¿La del capital y el trabajo? Algo está pasando. La promesa aún atractiva del emprendedurismo sin capital ni impuestos, la plata fácil sin laburar y la centralidad del trabajo remunerado como algo del pasado son conceptos que se están distanciando de la experiencia social actual. El salario y los créditos pasan por las billeteras electrónicas, sí. El algoritmo, el chat y el WhatsApp ya son los instrumentos más importantes de la empresa y del trabajo, sí.

Pero el trabajo sigue ahí, en el centro.

El trabajo es cada vez más necesario y las personas necesitan cada vez más del trabajo. De los trabajos. Esta escasez de tiempo y de plata agiganta el pluriempleo y oprime todas las movilidades sociales hacia abajo. Tan abajo que la fragmentación del trabajo y de la vida ya no alcanza para explicar la intensidad de los roces entre los segmentos. Mientras se reabre la grieta principal –cualquiera sea– seguimos entretenidos en la descripción de las múltiples fricciones entre los segmentos del trabajo.

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La experiencia social no sólo está compuesta por sus partes sino por los roces, choques y acompañamientos, las tensiones y los lazos. La fluidez y la fricción. La diferencia supone contacto, de modo que un horizonte de integración requiere sintetizar lo distinto.

Podría tratarse de una cartografía, pero pensemos en una máquina. La fricción entre sus piezas supone movimiento, agarre, energía. Sin fricción no hay desplazamiento. Pero si la máquina no cuenta con algún lubricante, todo se quema. La fricción, en este caso, solo desgasta, traba, calienta. El problema del mundo del trabajo en Argentina ya no es sólo su fragmentación si no que las mediaciones políticas entre sus segmentos, los puntos de contacto, se volvieron ásperos, opacos y políticamente improductivos para una coalición de la producción y el trabajo. Si en contextos de crecimiento los fragmentos se distancian, separados por trayectorias, consumos y expectativas, ahora, a la profunda falta de movilidad entre los segmentos del trabajo se le sobreimprime la escasez de ingresos, la discontinuidad ininterrumpida del tiempo y el exceso de ocupaciones. Entonces, sumadas a las fricciones, ahora enfrentamos una etapa en la que las diferencias se encuentran cubiertas por una experiencia común de deterioro. Ahora más que nunca, la nueva coalición política necesita dejar de (mal) entretenerse en las fricciones de la fragmentación. Es una distracción inaceptable.

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No nos separa únicamente la diferencia de ingresos, derechos o estabilidad. Se trata de regímenes de percepción mutua que distribuyen reconocimiento, legitimidad, responsabilidad y valor social de manera diferencial. Las acusaciones cruzadas de mérito, aguante, sacrificio o privilegio funcionan como operadores de inteligibilidad. Nos vuelven, precisamente, legibles frente a otro al precio de reducir particularidades, de exagerar rasgos. De caricaturizar. Perfiles y grupos de trabajadores presentados como exageraciones del éxito o la justicia y a la vez, percibidos por otros como sátiras tristes de la opresión internalizada o de la esclavitud naturalizada. Grupos sociales como facciones. El rasgo hecho estereotipo.

¿Un fletero que contrata a algunos choferes es un empresario? ¿Un capitalista dueño de qué medio de producción? ¿Y si ese fletero distribuye para Mercado Libre? ¿Quiénes trabajan y quiénes capturan ganancias? En ese lodo logístico prevalecen ideas que aumentan la fricción en vez de la confluencia con otros. El chofer sin derechos solo puede agradecer ser convocado al otro día. El fletero jamás podrá registrarlo y teme al juicio laboral, al aumento del combustible y al aumento de las comisiones de Mercado Libre por igual. En las fricciones argentinas, el fletero negocia el salario en negro con el chofer pero está muy lejos de negociar las tarifas del combustible y a años luz de negociar el precio de la entrega con la plataforma. Estamos entretenidos en las fricciones del trabajo mientras que el capital está muy, muy lejos. Sin mediaciones aguas abajo, las alianzas entre trabajadores y PyMEs son impensadas. De las fricciones del trabajo emerge un humo que cubre injusticias sociales profundas pero innombradas. En un extremo, trabajadores y pequeñas unidades de servicios sin crédito, estabilidad ni aportes previsionales y, en el otro, grandes prestamistas, poderes tecnológicos y distribuidores de productos que no contribuyen a la seguridad social.

Mientras, la política discute sobre el estado de la conciencia social del fletero que se siente emprendedor y, a la vez, del trabajador que se siente “socio”; sobre la legitimidad de las expectativas de ganar más plata o ser más libre. Como si bastara con desplazar la conciencia hacia su verdad sociológica —que el repartidor se sepa subordinado, que el emprendedor se reconozca economía popular o que el peón rural se descubra campesino— para resolver las fricciones sociales. Como si la solución fuera culturizar, civilizar o alfabetizar a quienes aún no encuentran su verdadera posición en la sociedad o todavía no nombran su propia intemperie con las palabras correctas. Así, la política empieza a parecerse a una escuela de corrección identitaria y de invalidación de expectativas. Lo contrario es necesario:

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En momentos de mayor dinamismo económico, la creencia en la autosuficiencia es relativamente posible. La movilidad social, incluso dificultosa y parcial, habilita una imaginación meritocrática más movediza. La fricción, entonces, se presenta como una estabilización frágil de la percepción propia y ajena. El “trabajador sacrificado” necesita al “vago” pero también al “emprendedor libre”, que a su vez necesita al “subordinado”. El que tiene derechos necesita al precarizado. Pero la crisis difumina los bordes de las caricaturas. La extensión de la precariedad vuelve porosos los fragmentos. Por eso, ese espacio puede abrir una pregunta política común o, por el contrario, hacer más defensivas y violentas las fricciones.

Son fricciones materiales, económicas, pero sobre todo son una lucha por la definición legítima del esfuerzo y del valor. Una lucha incansable por fijar un único sujeto social en esta época resbaladiza. Desde este marco es posible comprender la multiplicidad de respuestas que aparecen frente a preguntas como qué experiencia cuenta como trabajo, cuál cuenta como déficit y cuál es una amenaza.

Un repartidor, una docente, un programador, un chofer, una trabajadora de cuidados, un empleado de comercio, un monotributista profesional, un obrero textil y un albañil no sólo tienen posiciones objetivas diferentes. Sucede también que viven en temporalidades distintas, imaginan riesgos y expectativas en apariencia opuestas, miden su esfuerzo y el de los otros con varas diferentes. Uno cree que el otro tiene rigidez; el otro cree que aquél tiene libertad; un tercero cree que ambos están injustamente protegidos frente a su intemperie. Las subjetividades, friccionadas. Ninguna se reconoce entre sí. Ninguna es ni será lo que todos queremos ser. El horizonte común es inimaginable.

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En este escenario de superposición de crisis, la del horizonte común no es un mero reflejo de la heterogeneidad estructural del trabajo sino también la de una incapacidad de producir una imagen compartida del tiempo social. Los segmentos quedan atrapados en un presente insoportablemente táctico. El asalariado formal defiende lo que pierde, el independiente resuelve apenas el día, el profesional autónomo administra la incertidumbre y el trabajador de plataformas monetiza su disponibilidad. Y, sin embargo, ninguna posición es lo suficientemente firme. La crisis multiplica ocupaciones, extiende el endeudamiento, captura tiempo disponible y obliga a la combinación de estrategias de supervivencia. Las amenazas están fundadas porque la escasez es real pero son políticamente improductivas cuando se dirigen hacia el actor, hacia el fragmento más próximo. La novedad de la crisis actual es que las fricciones ya no muestran únicamente el choque entre segmentos con intereses contradictorios sino también su deterioro interno. Las fricciones dentro del trabajo tienden a ocupar el centro de la escena precisamente cuando la más decisiva, la que organiza la creación y apropiación de la riqueza, se vuelve difícil de nombrar.

Lo que irrita del diagnóstico de la fragmentación es que no ofrece ni puede ofrecer una política unívoca o un tratamiento indefectible. “Esto se arregla con orden”. “Con crecimiento económico”. “Lo que necesita la Argentina es cerrar la grieta”. O la peor de sus versiones, que es la fricción como política. La política de la fricción. La acumulación de mensajes que alientan la irritación entre fragmentos. “Que se jodan ahora los Rappi que votaron a Milei…”. La nafta de los sentimientos en el fuego del odio social sobre la diferencia.

Allí aparece la trampa. Convertir estas diferencias en protagonistas de una escena de acusaciones cruzadas que promueve el enfrentamiento entre subalternidades. El huevo de la serpiente que se come a sí misma es la guerra dentro del conjunto de los trabajadores, o como se dice ahora, la romantización o la demonización de alguna de las formas del trabajo. Más aún cuando el conflicto se traduce en una patologización doctrinaria y es reducido a una especie de despertar, de quitarle el velo a una verdadera conciencia que se mantiene escondida bajo el dumb scrolling. La traducción de posiciones sociales en biografías culpables o Internet y el celu como causa de la inconsciencia obrero-estudiantil que podrá ser curada con la pastilla azul de la doctrina o la roja de la implosión permanente.

En este señalamiento mutuo, frenético, del ´todos contra todos´, se sustituye el problema político de cómo articular los fragmentos por una dramaturgia de estereotipos que ofrece identificaciones rápidas, culpables próximos y explicaciones simples. Las fricciones son, entonces, el modo en que una sociedad está percibiendo la desintegración sin encontrar una forma de nombrar la interdependencia.Cada segmento está compitiendo por imponer su propia generalidad. Una gramática única desde la experiencia fragmentada que no permite expresar sujeto alguno. Se repiten los análisis que ven en los nuevos trabajos una “totalidad”. Las partes, los fragmentos, se presentan como un intento de generalización (fallida) no por su articulación con lo diverso, sino por erigirse en un fetiche sobresaliente.

La individualización de responsabilidades como compensación frente a la pérdida de inteligibilidad colectiva es una invitación epocal a autogestionar la crisis sumando horas, bajando gastos, tomando deuda. Arreglándotela. Si el asalariado formal necesita completar su ingreso trabajando en una plataforma, si el emprendedor no tiene más horas diarias para sumar trabajo, si la PyME sin subsidio debe cerrar, la descomposición de los fragmentos vuelve más evidente su porosidad, su cercanía. Pero sin las intermediaciones necesarias, la mera cercanía no genera articulación y la fricción solo se desplaza hacia dentro de cada trayectoria. Si el asalariado formal hoy no puede ser símbolo universal del trabajo, tampoco podría serlo el emprendedurismo, la economía popular o los cuentapropistas informales.

El diagnóstico de la fragmentación permite identificar el mayor problema de convivencia social del momento que es el rozamiento violento entre fragmentos -personas de carne y hueso- para distribuir lo escaso o lo excedente. Son conflictividades muy inconvenientes para la construcción colectiva, para movilizar voluntades solidarias y darle un sentido a las mayorías. Conflictividades que suelen ser veladas por una o alguna práctica hegemónica en la persecución del valor, y por consiguiente, en el uso del tiempo, en el desendeudamiento o en la liberación de jerarquías.

Pero la práctica política de nuestro tiempo, si busca horizontes comunes, debería tener la capacidad de fluir entre esos límites. Ni la homogeneización imaginaria, nostálgica de un pasado presuntamente incompleto y ciertamente inexistente, ni la exaltación de las fricciones como única forma de desplazamiento o movimiento. La integración social como horizonte futuro debería producir un diálogo donde experiencias heterogéneas no se perciban entre sí como anomalías o amenazas sino como confluencia de trayectorias diversas.

Salir de la fragmentación supone incorporarla. Articular todos los fragmentos en la política. La integración no vendrá del triunfo moral de una forma de trabajo, ni de una pedagogía destinada a corregir la conciencia, ni de una nueva homogeneidad fabricada a la fuerza. Se trata de construir mediaciones capaces de traducir demandas híbridas en derechos comunes, no reducirlas a un piso mínimo uniforme. De distinguir responsabilidades en cadenas cada vez más opacas y de desplazar la presión hacia arriba. Hacia quienes fijan las condiciones de creación y apropiación de riqueza. Se trata, precisamente, de evitar que el conflicto distributivo siga desplazándose hacia fricciones horizontales que disimulan, distorsionan o vuelven políticamente inabordable la disputa por la redistribución de la riqueza.

Se trata de no caer en una celebración ingenua de la diferencia. Que ningún fragmento del trabajo imagine la derrota de otro para saberse digno, protegido y parte de un futuro compartido. Se trata de no desperdiciar la única oportunidad de la política.

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Diferenciar y sintetizar es una tarea política. Para superar el diagnóstico de la fragmentación no alcanza con aprehender la descripción de perfiles laborales, competencias, tareas o formas de inserción. La reflexión contemporánea corre el riesgo de volverse asimétrica y comprender de forma extremadamente precisa los cambios en la estructura ocupacional y deliberadamente vaga para identificar las estrategias que buscan reducir costos, evitar obligaciones, impugnar regulaciones y finalmente, capturar valor.

Mientras el trabajo aparece desagregado hasta el detalle, mientras cada fragmento gana en particularidad y se multiplican las maneras de nombrar a la única clase de hombres que existen, ciertas fracciones del capital aparecen bajo nombres que buscan desprenderlas del conflicto distributivo e inscribirlas en el vocabulario de la moderna –aunque necesaria– innovación. De esta manera, algunos actores son suficientemente fuertes para transformar mercados, capturar datos, reorganizar consumos y disciplinar tiempos de trabajo y de la vida pero se narran como demasiado frágiles para asumir obligaciones laborales, previsionales o fiscales. Este problema nos parece mucho más importante de resolver que la cuestión de la automatización del trabajo, que solo nos fascina.

9 mayo, 2026

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