Esta es una nota sobre el día después

¿Cómo es una “sociedad que se patrulla a sí misma”, qué marcas deja para el futuro? El regreso de la democracia en nuestro país desnudó una Argentina más autoritaria pero que, a la vez, donde había visto “orden”, después vió represión y muerte. La Francia ocupada bajo Vichy es leída, desde un documental de 1969, como un espacio histórico donde los “resistentes” convivieron con los “colaboracionistas”. Todo esto traído a la Argentina de Milei, con una pregunta a contrapelo: ¿Nunca hay que discutir con la sociedad?

Foto del avatarPor Nicolás Tereschuk 16 de junio de 2026

“Para los que, sin consentir ni ignorar, nos callamos durante esos años”.

Esa es la dedicatoria con la que Guillermo O’Donnell inicia su paper clásico “DEMOCRACIA EN LA ARGENTINA: micro y macro”. Así se lo puede leer, escrito a máquina, con las mayúsculas y los subrayados. Publicado el 1 de diciembre de 1983.

¿Por qué me voy de nuevo a ese texto? Me surgió la necesidad de ir a revisarlo otra vez después de ver el documental de Marcel Ophuls The Sorrow and the Pity, de 1969, en la que se explora la época de la ocupación alemana de Francia, principalmente a través de lo ocurrido en un pueblito que se llama Clermont-Ferrand. Llegué al documental por una nota de la revista estadounidense The Atlantic titulada “El film que explica la América contemporánea”.

Lo común que me ocurre al ver el documental y releer el paper es la sorpresa por darme cuenta que ese film y ese texto ahora generan en mi mente, en mi cuerpo, “una vuelta más”. Es que son palabras e imágenes que sirven por supuesto para iluminar la experiencia argentina de la dictadura. Y todas las preguntas clásicas de la filosofía de la segunda mitad del siglo XX y más allá de cómo seguir escribiendo y viviendo después de Auschwitz y de la ESMA. De Vichy y del Proceso. Pero ahora que estamos atravesando la experiencia de Milei todo tiene un giro más que -de más está decirlo- como todos esos giros no son iguales pero sí son una vuelta más, una ronda adicional sobre cicatrices y preguntas.

Dice O’Donnell, en ese texto que le habla, casi como los tuits de Busqued, al argentino de 2026 nada menos que con las palabras “micro y macro” en el título:

“En estos días de celebración del derrumbe de ese régimen maldito, tal vez no esté de más -también- compartir preguntas acerca de las marcas, no todas ellas fácilmente visibles, que han dejado aquellos años, y las consecuencias que ellas pueden tener para la consolidación de la democracia en la Argentina”.

No es que Milei se esté derrumbando. No tengo idea de si se va a derrumbar. Es otra cosa a la que me refiero. El autor discute en base a una serie de entrevistas y diálogos fragmentarios, clandestinos, tímidos, que realizó entre 1976 y 1980, algunos “aspectos de la vida cotidiana de la Argentina” de esos años. Dice que con eso va a escribir un libro alguna vez pero no lo hace. Lo que tenemos es este paper.

Todo en el texto tiene un valor enorme, como esa nota al pie en la que O’Donnell cuenta: “Los que estábamos realmente en contra de lo que estaba ocurriendo (por ‘realmente’ quiero decir incondicional y globalmente, no solo descontentos por tal o cual aspecto del régimen), adoptamos curiosas maneras de, primero, sobrevivir y, segundo, de no volvernos -creo que literalmente- locos frente al extremado aislamiento a que uno se autocondenaba con tal oposición…”.

A O’Donnell le preocupa explorar “el sistemático, continuado y profundo intento de penetrar capilarmente en la sociedad para también allí, en todos los contextos a que la larga mano de ese gobierno alcanzaba, implantar el ORDEN y la AUTORIDAD; ambos calcados de la visión radicalmente autoritaria, vertical y paternalista con que el propio gobierno -y el régimen que se intentó implantar en sus momentos más triunfales- se concebía a sí mismo”. El autor piensa que esos elementos son tan importantes como la faz brutalmente represiva y como las consecuencias de la política económica de la dictadura a la hora de evaluar cómo podrá la naciente democracia mantenerse en el tiempo y “consolidarse”. Se trata de un enfoque que estará en la base de muchas reflexiones y de políticas que buscarán no sólo construir instituciones democráticas sino también hacer foco en la necesidad de “democratizar” la sociedad.

O’Donnell se refiere al “pathos microscópico, apuntado a penetrar capilarmente la sociedad para ‘reorganizarla’ en forma tal que quedara garantizada, para siempre, una meta central: que nunca más sería subvertida la AUTORIDAD de aquellos que, a imagen y semejanza de los grandes mandones del régimen, tenían en cada microcontexto, según esta visión, el derecho y la obligación de MANDAR”. El uso de las mayúsculas mejora el texto.

Leídas desde un año que en las películas de Ciencia Ficción suena a futuro, 2026, las ideas de “penetrar capilarmente en la sociedad” desde una “visión radicalmente autoritaria” deberían hacernos sonar (una vez más) las alarmas.

 

Hago una pausa y me pregunto: ¿qué es aquello que está penetrando, que se está implantando de manera capilar en la sociedad argentina de hoy? No son el orden y la autoridad, precisamente. Probablemente sean el individualismo extremo, el desenganche total del sufrimiento del de al lado e incluso el goce cruel por el sufrimiento del más débil. Quizás sea lo que va del terrorismo de Estado al sadismo de Estado, par de conceptos a los que se refirió en la misma frase el arzobispo de Córdoba, monseñor Angel Rossi.

El autor concluye: “todo indica que en esos intentos el gobierno logró considerable éxito”. Y agrega: “Ese éxito no consistió sólo de que muchos nos sometimos, callamos, disfrazamos y disimulamos frente a esa enorme presión para que pareciéramos infantes obedientes, uniformados y callados, dispuestos a dejar a los que “sabían” (en la economía y en la administración terrorista de la violencia y también en la calle y en tantos microcontextos) ocuparse de lo que, a la larga, iba a ser el bien de todos -y que tenía que comenzar por colocar todo ‘en su lugar’, desde la mujer en la casa y los ex-ciudadanos trabajando afuera, hasta militares y cadavéricos oligarcas mandando”. (Me pregunto: ¿qué parecemos ahora nosotros?)

Sigo. A partir de ahí vienen algunas de las frases más fuertes y geniales del texto. Dice O’Donnell que la dictadura logró “controlar tan capilar, prolija y detalladamente tantos comportamientos” y que para eso hubo “una sociedad que se patrulló a sí misma” (la negrita es mía).

 

 

Una sociedad que se patrulla a sí misma. Nada menos.

“Más precisamente, hubo numerosas personas -no sé cuántas, pero con seguridad no fueron pocas- que, sin necesidad ‘oficial’ alguna, simplemente porque querían, porque les parecía bien, porque aceptaban la propuesta de ese orden que el régimen -victoriosamente- les proponía como única alternativa a la constantemente evocada imagen del ‘caos’ pre-1976, se ocuparon activa y celosamente, de ejercer su propio pathos autoritario”. Ahí aparece la figura de los “kapos a los que, asumiendo los valores de su (negado) agresor, no pocas veces los vimos yendo más allá de lo que ese muy autoritario régimen demandaba”.

Si de esto se tratara solamente el paper, de identificar ese nivel de represión “micro”, tan vinculado con el nivel “macro”, de entender que en ese nivel el régimen había tenido considerable éxito y que poder identificar para operar sobre esa cuestión era muy importante para quienes buscaban crear algo totalmente nuevo en la historia argentina, una democracia en la cual estuviera totalmente vedada la violencia como forma de dirimir conflictos políticos, ya habría valido la pena.

Pero tiene otro aspecto que, leído desde las nuevas cicatrices de 2026, es otro golpe en la nariz. O’Donnell explica que “por unos cuantos años la victoria ideológica de ese régimen fue encerrar a muchos en el dilema de aceptar el ‘orden’ que ofrecía, o el regreso al ‘caos’ anterior al golpe de 1976”. En una nota al pie, el autor señala que “una abrumadora mayoría de nuestros entrevistados (aproximadamente 90%) mostró claramente el ‘gancho’ subjetivo en el cual el discurso estatal se apoyó para, por varios años, imponer ese falso dilema. Entrevistados de las más diferentes posiciones y actividades sociales, así como opiniones políticas, eligieron espontáneamente los años inmediatamente precedentes a 1976 como el período que los invitábamos a establecer para compararlo con sus sensaciones de cómo vivían, y cómo estaban las cosas en nuestro país en 1979 (año en que condujimos la mayor parte de esas entrevistas)”. Las personas (un noventa por ciento de estas personas a las que O’Donnell y su expareja entrevistaban y que habían definido entrevistar porque hablando con ellas no se sentían particularmente amenazados) consideraban aquellos años como “un período de caos, violencia e incertidumbre insoportables, contra los cuales cualquier alternativa de orden les parecía preferible. Esto no impedía que muchos de esos entrevistados estuvieran descontentos con diversos aspectos de la política gubernamental (la gran mayoría de esas críticas estaban referidas a la política económica: las referencias a represión, censura y similares fueron bastante más escasas)”.:

O'Donnell cuenta que “todo indica que, como tantas otras cosas de ese período, comenzó a explotar con la transición de Videla a Viola en 1981 y acabó por hacerlo con las Malvinas. Mucho me sorprendería si para esos entrevistados el referente negativo organizador de su visión del presente y de sus expectativas para el futuro (el predicado del ‘cualquier cosa antes que volver a eso’, que oímos tantas veces) no fuera hoy el período posterior a marzo de 1976, no ya el anterior”.

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Repasemos. En 1979 el 90 por ciento de los entrevistados repetían como un mantra “cualquier cosa antes que volver a eso” en referencia a 1975, no a 1977. En 1983 decían “cualquier cosa antes que volver a eso” para referirse a 1977, no a 1975. Mientras por ahí y por allá caminan y hablan y “ordenan” en los intersticios de la vida cotidiana los “kapos”, esos protagonistas de la mecánica en la que una sociedad -sin que nadie se lo ordene de manera explícita- se patrulla a sí misma.

Y acá entra Ophuls con su documental de dos partes de dos horas que es una bomba. La experiencia del mileísmo me hizo llegar al que dicen que es el mejor libro sobre el tema, La Francia de Vichy: Vieja Guardia y Nuevo Orden, 1940-1944, de Robert Paxton. Uno aprende ahí cómo los franceses del régimen se desvivían por colaborar y acordar con Hitler alguna participación subalterna en una idea de gran Europa continental que dejara afuera o sometiera tanto a los británicos como a los soviéticos. Pero que Hitler, apegado a su idea psicopática ya esbozada muy claramente en Mi Lucha, por más pruebas de amor que pedía y obtenía nunca tenía demasiada intención de tener cerca a los franceses, ni siquiera como colaboradores.

En el documental se le pone micrófono directo a los protagonistas y se ve cómo fueron esos años de gran entusiasmo y fervor por "Le Maréchal" Philippe Pétain. Esos años en los que un comerciante publica un aviso para decir que, como el sketch de Capusotto, él no es judío. Y mira a cámara y responde por qué lo hizo en ese momento. Y donde esos dos docentes recuerdan que en aquel momento tenían alumnos que estaban en la Resistencia. Y que algunos de ellos murieron y con sus nombres se nombraron calles, claro. Pero que no podían recordar bien qué hacían cuando esos alumnos no aparecían más en clase. Ni tampoco aquel compañero de trabajo judío que tenían. No recordaban. Ni querían hacer reclamos colectivos ni renuncias en masa. Es que usted no entiende cómo era aquel momento.

Y oímos al espía británico que cuenta cómo lo ayudaban los empleados de las tiendas y los trabajadores ferroviarios y los carniceros. Y los comunistas, claro, aunque no quede bien decirlo. Y todos los que no tenían nada que perder. Arriesgando su vida para cubrirlo. Pero los un poco más acomodados, ah, los un poco más acomodados no. Esos sí que no. Porque cuando uno tiene qué perder pasan cosas.

Esa Francia fue el único país de Europa que tenía un gobierno en el exilio que nunca había gobernado. Esa Francia donde escuchamos a un oligarca que se enroló y formó parte del escuadrón que peleó para los alemanes en el Este. Y que explica que, qué querés. Que había dos lugares interesantes para un joven. Los comunistas y los fascistas. Y que, bueno, en su casa comunistas no iban a ser. Y él fue fascista. Y peleó con el uniforme alemán para ellos. Y que ahora puede ver que se equivocó. Pero ¿hubiera hecho otra cosa?

Y ahí lo escuchamos al granjero, al campesino francés que se comió la cana siendo parte de la Resistencia pero que no habló. No dijo nada. Y que sabe cuál es su vecino que lo delató. Lo sabe perfectamente. Pero que no vale la pena. Y también al jefe de la Resistencia, un hombre de acción, de coraje. Que ahora vende televisores. Y tiene que escuchar a sus clientes decir todo lo que hicieron en esa época por Francia. Pero él, mientras vende los televisores sabe bien que es mentira. Que no puede ser que tantos hayan hecho todo eso porque entonces eran muy pocos.

Y ahí vemos esas escenas donde apenas entra el primer americano a las inmediaciones del pueblito, les cortan el pelo a las mujeres que habían sido las amantes de los nazis. Y entendemos que los que sacaron la maquinita de rapar eran más bien los que habían colaborado y habían formado parte de esa sociedad que se patrulló a sí misma. O que se habían hecho bien los boludos.

También están y podemos ver a los que se encaramaron al poder para defender a Francia. Colaborando por supuesto. Se ocuparon de defender a Francia colaborando. Desde el poder. Desde ya. Haciendo verdaderos modernísimos spots propagandísticos del primer ministro Pierre Laval yendo como un verdadero hombre simple de pueblo a su pequeño lugar natal y de ahí, abnegado, a las oficinas del palacio (literalmente) en las que ejerce la dura tarea de Estado hasta altas horas de la noche. Deportando al Este, enviando mano de obra esclava a las fábricas alemanas. Defendiendo a Francia. Desde el poder, claro.

Y el día después. Porque esta es una nota sobre el día después. Ya que siempre hay un día después en el que hay que tratar de construir un solo país, uno. Con los que consintieron, con los que callaron, con los que ignoraron. También con ellos. Porque este es un gran país. Lleno de gente que hoy piensa una cosa y mañana otra. O que primero le parece insoportable un año al que no quiere volver por nada del mundo. Y después puede ser otro año. Y a la que -me dicen- hay que entender y comprender. Y seducir y cortejar. Pero con la que nunca, nunca hay que discutir. No. Me dicen que no. Que queda feo discutir con la gente. Que nunca es bueno  contradecirla. No. Nunca. Porque este es un gran país, un gran país. En el que habrá alguna vez un día después. Y al que habrá que convocar a construir algo nuevo como lo que es. Un solo país, unido. Más allá del dolor y la compasión.

16 junio, 2026

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