Algo huele mal, acerquémonos

Sobre la incómoda relación entre feminismo y política.

 

Después de la victoria de Milei, el feminismo no solo fue atacado por la ultraderecha, también fue dejado a un costado por una parte del movimiento nacional y popular. La potencia callejera es (solo) uno de sus atributos: el feminismo también es una herramienta para reconstruir un proyecto de país soberano e igualitario. La política necesita del feminismo, tanto como el feminismo necesita hacer política.

Foto del avatarPor Agustina Paz Frontera 05 de junio de 2026

Hay animales que huelen cuidadosamente el viento. Para decidir hacia dónde avanzar se fían de su olfato y desconfían de los grandes bloques de sentido, por ejemplo las advertencias estridentes que indican ¡no es por ahí! La imagen del animal que huele el viento es parte de un poema que además dice: “¿Es burgués detenerse en los matices? ¿o afeminado?”. Las palabras elegidas para describir una conducta, digamos, astuta, por no decir táctica, son burgués o afeminado. Esos mismos términos podrían ser esgrimidos por una figura del peronismo más conservador para referirse a otro peronismo, el tildado de progresista. En esta escena las feministas somos ese animal que olfatea el viento: aún con sutilezas, toda la política nos huele mal. El olor del peronismo nos repele, por eso vamos.

A los feminismos se los ha acusado de muchas cosas, la más contemporánea y hartera es que la derecha radical ganó las elecciones de 2023 por culpa del sobregiro feminista. La más cara al peronismo viene por el lado conservador pero ha convencido también al registro progresista de que esto es así: el feminismo no representa al pueblo argentino, por el contrario, es sectorial y accesorio. El feminismo es burgués. ¡También! Peor aún: cuando toca el poder, reduce la gestión de lo público a una competencia de corrección política y moral. Lo interesante de esta última acusación es que, al mismo tiempo, empuja al progresismo a asumir esa crítica sobre sí mismo, hasta erosionar su propia identidad política. Les propongo este ejercicio: ¿Si le restamos al kirchnerismo la política de derechos humanos, el feminismo y la política redistributiva (todo lo “progre”), qué queda del kirchnerismo en 2026? ¿Queda algo que podamos diferenciar del peronismo que se autopercibe “doctrinario” si incluso el peronismo que todos describen como progresismo empieza a percibir sus propias reivindicaciones como sutilezas burguesas y afeminadas? ¿Existe un kirchnerismo no progresista o ya sería otra cosa?

Interesa este punto porque lo que olfateamos es que a las feministas nos entregaron en sacrificio y se equivocaron. Y en ese sacrificio, convirtieron en chivo expiatorio a un conjunto de prácticas y narrativas que participaron de manera contundente en el ámbito de lo público. Tirar por la borda todo “lo progre”, incluido el feminismo, reniega de una construcción política que se manifiesta como promesa en el 83 y que tiene materializaciones concretas en el ciclo político iniciado en 2003. ¿Dónde vemos este sacrificio? En el discurso público, en las campañas políticas y en la conversación cotidiana en ámbitos militantes. Rápidamente feminismo se convirtió en sinónimo de progresismo identitario, algo de lo que esas fuerzas debían prescindir en un clima político que corría todo a la derecha (mi libro ¿Demasiado feminismo? se explaya sobre este proceso). El antiprogresismo, y dentro suyo el antifeminismo, corre el riesgo de que el peronismo tire el agua con el bebé adentro. El bebé es él mismo.

Hay una amnesia muy dolorosa del campo popular, y del peronismo en especial, sobre lo que el pueblo feminista ha dado al desarrollo y a la soberanía nacional. En la historia reciente encontramos mujeres y feministas organizadas para sostener la soberanía alimentaria, el cuidado de las infancias y las comunidades; feministas representando la sociedad civil argentina rechazando el Consenso de Washington en los foros internacionales; colectivos feministas articulados en la defensa del territorio frente al extractivismo; feministas defendiendo la salud pública y la soberanía sanitaria; feministas en los organismos de Derechos Humanos y en las organizaciones políticas de los 70. Sólo a partir de esa operación fue posible la repentina inhabilitación de las feministas como sujeto político y epistemológico que, hay que reconocer, hasta grandes camadas feministas han aceptado en su soliloquio, como propia. Ahora, el descrédito del olfato feminista no opera solo en el vacío, se conjuga con un descrédito de la política y —en especial— eso que llamamos “la política tradicional”, es decir la vida de los partidos, organizaciones y su vínculo con el poder estatal. El combo de mala fama feminista y mala fama de la política aleja a los feminismos de la política y viceversa.

Pero una cosa es prescindir del feminismo en una campaña electoral, como la de 2023, con una institucionalidad de género castigada, con las cultura feminista banalizada y ridiculizada por el libertarianismo en ascenso, una cosa es sacrificar al feminismo cuando las encuestas ad hoc fomentaban la noción de “piantavotos”. Podríamos decir: cuando se trata de una decisión “táctica” sin horizonte claro. Otra cosa muy distinta es ahora, cuando estamos obligados a desarrollar un programa y planificar mínimamente lo que se va a ofrecer como alternativa a Javier Milei. Ahora mismo no pueden -no deberían- obviar la capacidad de interpretación y de movilización del movimiento feminista nacional.

¿Pero cómo, para qué? ¿Qué tienen los transfeminismos y el movimiento de mujeres para decir? ¿Acaso quieren aportar algo? ¿A qué feministas les interesa “entrar” en política?

 

¿Por qué la política debe escuchar y leer al feminismo?

En una isla de Honduras hay una ciudad empresa que es una utopía libertariana, regida por un sistema jurídico y fiscal propio. En Próspera, el futuro ya llegó. Peter Thiel es uno de los inversores y partidarios clave de esa verdadera fantasía tecnofinanciera y neocolonial, donde las empresas pagan 1% de impuestos y en el consejo de gobierno, 4 de los 9 miembros son accionistas de la empresa Honduras Próspera Inc, lo que le da poder de veto sobre cualquier decisión oficial. El reverso de este cuento es de dónde obtienen el excedente y la energía para hacer estos experimentos. De nosotras y nuestros recursos. En un mundo donde esto ocurre, el ventarrón más apocalíptico que recordamos quienes nacimos en Occidente después de 1980, la voz cascada feminista trae un acervo de conceptos y prácticas para responder y proponer alternativas.

Para las feministas (latinoamericanas y dentro de ellas, las argentinas) es evidente la manera en que estos análisis se inscriben en horizontes emancipatorios, pero voy a reponerlo acá para lectores —quizás justicialistas, quizás de izquierda— no necesariamente familiarizados con el feminismo crítico. Por ejemplo, para la economía feminista, la “sostenibilidad de la vida” —noción nodal— se vuelve un problema central en contextos de transferencia brutal de ingresos hacia el capital financiero transnacional, sostenida a costa de la destrucción del mercado interno, la pérdida de soberanía nacional y el deterioro de las condiciones materiales de la clase trabajadora. Para que en Prospera puedan operar con bitcoins sin regulación, pueblos enteros deben subsistir con lo mínimo, apoyados muchas veces en el trabajo de mujeres que sostienen la vida de sus familias y comunidades.

De la misma manera, el gobierno de Milei no solo erosiona el tejido productivo nacional, sino que su ajuste se vuelve posible mediante la intensificación del trabajo de quienes organizan la vida en los hogares y en los barrios: el famoso trabajo de cuidados no remunerado. Así, transfiere los costos de la crisis directamente a los hogares y, especialmente, a las mujeres. Al recortar subsidios, comedores comunitarios, salud y educación pública, el Estado desplaza esos costos hacia las familias y las organizaciones comunitarias, obligándolas a amortiguar la crisis con más horas de trabajo no pago, endeudamiento y estrategias colectivas. Dicho de otro modo: una parte del ajuste se sostiene porque alguien absorbe, compensa y repara silenciosamente aquello que el Estado deja de garantizar o aquello que el Estado entrega para la explotación extranjera. La extracción no ocurre solo sobre territorios o recursos: también sobre el tiempo, el trabajo y la capacidad de sostener la vida.

En La comunidad organizada, Juan Domingo Perón plantea que una sociedad equilibrada exige que el individuo subordine sus intereses egoístas al bien común. La economía feminista complementa esa intuición mostrando que el bien común primordial es la reproducción social de la vida. Investigadoras (como Norma Sanchis y Jazmín Bergel Varela, entre otras) definen los cuidados comunitarios como un bien común, del mismo modo que lo son el agua, el aire o el ambiente. Cuidar a las niñeces, a las personas mayores y sostener la alimentación no es un problema privado de cada hogar, sino una responsabilidad colectiva y política de toda la comunidad. En esa línea, quienes organizan la vida en hogares y territorios son también quienes amortiguan los efectos de la subordinación económica externa: reproducen, cotidianamente, la soberanía nacional.

Las feministas que investigan y militan sobre trabajo y economía se preguntan cómo generar más empleo remunerado para las mayorías y cómo financiar socialmente las tareas que hacen posible la vida. ¿Con un sistema tributario realmente progresivo? ¿Con impuestos a las grandes fortunas? ¿Con una reducción de exenciones a BigTechs, grandes corporaciones y a “medio pelo digitales”, como los bautizó Valeria Di Croce?

Las feministas hablan de trabajo, plata, finanzas, hasta de tierras raras. Pero cuando un político en ejercicio convoca a feministas, como ocurrió con Alberto Fernández, sus motivos ulteriores parecen remitir a la potencia callejera del feminismo más que a las ideas de los feminismos contemporáneos. Desbordar las calles, hacerlas temblar, es un gran activo del movimiento, pero no el único. Como dice la crítica Nelly Richard, hay una especie de prejuicio colonial por el cual a las latinas nos corresponde un saber ligado al cuerpo, a la tierra, a la espontaneidad y la calle, y que en cambio la escritura, la producción de teoría, la lectura, no sería un rasgo de las mujeres de esta región. Agrego: bajo ese prejuicio la disputa política tampoco es femenina.

Reducir la legitimidad del feminismo a la irrupción callejera es injusto, es colonial y es patriarcal. El antiintelectualismo atraviesa toda nuestra política, en el feminismo este rasgo está exacerbado por décadas de producción académica que no encontró cauces institucionales o efectivos, y décadas de un maniqueísmo caricaturesco que no admite matices en el feministómetro: si es popular no lee, si es leída no pisa el barro. Qué cultura va a tener, si creció en los matorrales. Destrozar esa equivalencia es parte de la disputa feminista.

Aún con todo este acervo, cuando las feministas (y más aún lxs referentes de la diversidad sexual) participan en la gestión pública, los partidos políticos ceden a la lógica del espectáculo y las tokenizan, las usan como un lindo adorno de la diversidad. Tantas veces fuimos objeto de operaciones por las cuales las políticas públicas de género funcionaron como un distractor de fallas u omisiones estructurales de los gobiernos que ya estamos despabiladas. Ninguna es ingenua. Si el gobierno de Alberto Fernández fue una muestra cabal de un intento de utilización comunicacional del feminismo, el macrismo también lo fue. Pero esas escenas son, a la vez, una muestra del poder de negociación de feministas de la política que aún en una institucionalidad machista y disfuncional como es la administración pública, lograron conquistas materiales como el cupo laboral travesti trans (Ley 27.636), el Programa Mi Pieza, el Programa de Ampliación de Red de Infraestructura del Cuidado o el Potenciar Trabajo. Las feministas somos usadas, sí, pero también usamos la política para traducir demandas y necesidades populares en políticas concretas (minoritarias o mayoritarias). Es necesario recordar una y otra vez que el feminismo es un actor político más y como tal hace movimientos en el juego de posiciones de la política, no somos víctimas ni la vemos desde afuera.

Hay que rascar la superficie para llegar a cuadros que construyen alternativas en territorios diversos. ¿Cómo logramos que estas trayectorias personales devengan en representaciones colectivas? ¿Cómo logramos que la riqueza política que se expresa en cientos de papers académicos, en discursos políticos, en talleres de formación, en asambleas en todo el país, construyan una perspectiva programática que asuma el juego de roles de la política?

En este escenario (con este viento en contra de la ultraderecha), nuestras viejas tácticas ya no sirven y se nos vuelve imperioso recalibrar, olfatear de nuevo. Más que cambiar de canción hay que volver a ecualizarla, porque lo que cambió es el salón donde está sonando la banda. Para Peter Thiel, según este perfil publicado en CTXT, la peor versión del futuro es aquella en la que el miedo a amenazas como el cambio climático incita a la creación de un gobierno mundial todopoderoso que acaba con las libertades individuales. Le teme al Estado en nombre de la libertad individual. Por eso dice que las ideas de personas como Greta Thunberg son “super opresivas” y afirma que si existiera el Anticristo, sería alguien parecido a ella. Lo peor que imaginan los libertarianos es el poder estatal buscando distribuir el impacto de la degradación del planeta y del sistema capitalista. “Destruir el Estado”, para el pensamiento libertariano que nos gobierna también en Argentina, no significa solamente reducir impuestos, recortar el empleo público o privatizar empresas; implica desmontar las formas colectivas de protección y organización de la vida social. ¿Si ese es el peor futuro para ellos, es el mejor futuro para nosotras/os/es?¿Nuestro proyecto es el reverso del de ellos?

No. Y, aunque suene paradójico, una de las maneras de evitar una formulación del futuro que no se detenga en un progresismo utópico es oír al pensamiento político feminista. No porque el feminismo puje por mejorar la vida de una porción (mayoritaria) de la población definida por su identidad y su sexualidad, o no solamente por eso, sino porque es un pensamiento forjado contra y a favor del Estado. El feminismo conoce la política económica de los últimos años a fuerza de criticarla y tratar de transformarla, y nos propone una perspectiva reactiva tanto a la fantasía libertariana de abolir lo público como a la nostalgia de creer que alcanza con reconstruir el mismo tipo de estatalidad de la década o el siglo pasado. El horizonte no sería el reverso del libertarianismo, sino una salida del dilema entre abandono y control.

Como señala Daniela Losiggio, no es casual que Javier Milei ataque simultáneamente al Estado y al feminismo. No es casual que la noción de sobregiro feminista haya aparecido justo cuando el feminismo atravesaba su mayor fase de institucionalización. El feminismo contemporáneo, especialmente en América Latina, amplió radicalmente aquello que una sociedad le exige al Estado. Así, el feminismo no “capturó” al Estado para imponer una agenda minoritaria y moralizante; más bien obligó (o intentó hacerlo) al Estado a reconocer dimensiones históricamente invisibilizadas de la reproducción social.

Si ponemos el foco en las políticas públicas feministas en el gobierno del Frente de Todos, además de las ya mencionadas, el 97% del presupuesto del Ministerio de Mujeres, Géneros y Diversidad fue asignado a un programa de asistencia económica a víctimas de violencias machistas (Programa Acompañar). Y el mayor programa que desarrolló el área de género del Ministerio de Economía fue un programa de registro y formalización de empleadas de casas particulares (Programa Registradas). Durante años se construyó una caricatura según la cual la política feminista sería un repertorio moral o simbólico También se dijo y se dice que predominó un feminismo de “elite” en vez de uno “popular”. Sin embargo, eso no se verifica. La construcción narrativa de que el feminismo en el Estado se pasó tres pueblos de purpurina con medidas que no alteran las condiciones materiales mayoritarias están basadas en un equívoco.

Este equívoco arrastra otro problema más grave: esconde la potencia igualadora de la política estatal. Y si no la vemos, no podemos reivindicarla. Si no la conocemos, coincidiremos con la extrema derecha en que todo aquello fue un curro y política danesa. Puede discutirse si fueron insuficientes, fragmentarias o tardías, incluso que ocurrieron bajo un gobierno económicamente desastroso; pero negar que existieron políticas feministas con impacto material implica desconocer lo que la política puede hacer, algo realmente conveniente para construir apoyo al revanchismo libertariano.

La venganza de La Libertad Avanza y sus aliados es contra un Estado que iguala, gasta y distribuye. Como sugiere Losiggio, el antifeminismo libertariano necesitó volver a privatizar esos conflictos: devolver la violencia al ámbito íntimo, el cuidado al sacrificio individual y la desigualdad a la responsabilidad personal como primera acción de restauración de un orden perdido. Si Milei recortó programas de redistribución con perspectiva de género es porque los hubo. La máxima menemista privatizadora se actualiza: Nada de lo que el feminismo convirtió en problema público —la violencia, los cuidados, la desigualdad— permanecerá como responsabilidad del Estado.

 

Por qué las feministas deben hablarle y escuchar a la política

Un consenso transversal del feminismo (especialmente el porteño) que participa de asambleas y de la discusión política es que “nadie pidió un ministerio”, que la potencia feminista no debía producir una traducción estatal, considerando las características del Estado colonial, racista y sexista. Que la institucionalización apaga el fuego del movimiento. Este es un diagnóstico que atraviesa todo el siglo XX y se comienza a tensionar en el último ciclo feminista, cuando en varios países las democracias comienzan a incluir mecanismos de avance de las mujeres y diversidades sexuales cada vez de mayor jerarquía. Las feministas hemos construido una distancia crítica con la política institucional, a favor de construcciones más autónomas y comunitarias, micropolíticas y realmente libertarias.

Pero hoy la película parece haber avanzado hacia un lugar aún más sórdido que el de hace 20 años, con corporaciones tecnológicas y bélicas que sustituyen la soberanía estatal.  Como sugieren algunas voces, después de Milei el desafío no será simplemente “volver” al ciclo progresista anterior, sino pensar cómo reconstruir una política (feminista) capaz de disputar soberanía, institucionalidad y futuro sin quedar atrapada ni en la pureza antiestatal ni en la mera administración moral del Estado.

Un texto super interesante de René Ramírez Gallegos nos sugiere que “el capitalismo ya no es un capitalismo de Estados: es un capitalismo de grandes corporaciones, de cadenas globales, de plataformas, de finanzas móviles y de paraísos fiscales”. En este marco, la discusión de si Estado sí o Estado no ha quedado superada por la realidad y la cuestión parece ser cómo defender la capacidad soberana frente a actores que ya operan a escala planetaria y que vacían la democracia desde adentro.

Mientras las nuevas derechas entienden perfectamente cómo capturar el Estado (según palabras de Sayak Valencia) para reorganizar la economía, las plataformas y los cuerpos, parte del campo progresista quedó atrapado en una discusión defensiva. Frente al avance de discursos antifeministas, antitrans y antimigrantes, por momentos quedamos atrapadas y atrapadxs, en orientar nuestros mayores esfuerzos narrativos (más que presupuestarios) a defender identidades vulneradas: afirmar que esas personas existen, que tienen derechos y que merecen reconocimiento. Esa defensa fue necesaria frente a la ofensiva conservadora. Sin embargo, dice Valencia, el riesgo aparece cuando esa tarea defensiva pasa a ocupar el centro de la conversación política. El debate comienza a organizarse alrededor del reconocimiento identitario —quién cuenta, quién puede nombrarse, quién merece representación— mientras pierden centralidad otras discusiones estructurales vinculadas con la precarización económica, el extractivismo, la violencia estatal, el acceso a la vivienda, el trabajo, las transformaciones tecnológicas o la desigualdad material. En ese desplazamiento, la política corre el riesgo de volverse reactiva y quedar definida por los términos que impone la derecha reaccionaria, más que por la capacidad de construir horizontes propios de transformación para las mayorías y, también, para las minorías.

El feminismo latinoamericano no surgió solo preguntando “¿cómo reconocemos identidades?”, sino “¿cómo se produce la desigualdad?”, no nació tampoco solo escribiendo leyes, también exigiendo pan. El feminismo pierde potencia cuando deja de ser una herramienta para leer el conjunto del orden social y queda reducido a una agenda sectorial. Esto es totalmente cierto, y al mismo tiempo es necesario olfatear las sutilezas. La reducción de feminismo a una agenda defensiva responde a muchos factores, lo importante es que el efecto que tuvo es que el feminismo pasó de ser considerado socialmente una crítica amplia al orden social (capitalista, racista, colonialista, neoliberal, heteropatriarcal, depende el marco teórico y político), a ser leído —o a presentarse— principalmente como reivindicación identitaria, denuncismo y adoctrinamiento.

Una lectura local de este problema nos lleva a considerar que quizás más que la agenda del reconocimiento identitario, lo que primó en Argentina es la necesidad de dar respuesta a la demanda de bajar el índice de violencia, algo que no sólo no sucedió sino que en pandemia se agravó (ya que para muchas mujeres, adolescentes y niñes la casa es el lugar más riesgoso). La reacción antifeminista desfinanció toda respuesta estatal a esa conflictividad pero también los programas destinados a la formación, producción o articulación económica comunitaria, con el argumento de que eran propuestas “ideológicas” y “kirchneristas”.

En este tiempo liminal, hay una disputa abierta: ¿qué tipo de preguntas le hace el feminismo a la política (a veces desde adentro de la política)? ¿Qué tipo de respuestas construye (a veces desde adentro)? No tenemos consensos. Pero el nuevo ordenamiento, con la derecha radical apuntalando el mapa, ha sumado un elemento de claridad. El feminismo puede y debe construir una perspectiva sobre la protección de la soberanía nacional y la construcción de un nuevo proyecto.

Mientras Thiel y Milei sueñan con Estados desregulados para favorecer a los grandes capitales financieros que explotan los territorios y poblaciones, volviendo a las mayorías globales cada vez más empobrecidas; nosotres no podemos estar al margen de esas decisiones y si ellos sueñan con que en el futuro no haya voces militantes que obstaculizan sus proyectos coloniales tecnofinancieros, nosotras tenemos que multiplicar versiones de esas figuras de resistencia, pero también liderazgos que asuman la política (partidaria e institucional) como territorio donde disputar y construir.

Son pocas las feministas que en nuestra región están pensando cómo hacer política y formar parte de una gestión de lo público. Y eso es un problema. Recuperar representación y legitimidad va a llevar mucho tiempo y mucho trabajo. Pero todos los errores cometidos, y toda la dificultad para reconstruir ese vínculo, no pueden hacernos creer que la salida es abandonar la construcción política articulada con el Estado y con la política partidaria, cediendo totalmente la estructura estatal al expolio colonial de un puñado de señores inimaginablemente ricos.

Hace poco García Linera puntualizó que “en el fondo, la lucha política en cualquier lugar y tiempo es una lucha por el monopolio del horizonte predictivo de una sociedad”. Según él,  la izquierda, cuando abandona la disputa por ese horizonte (porque se contenta con gestionar el presente o criticarlo sin crear), está perdida, siempre a la defensiva”. Creo que el feminismo puede darnos esa mirada del futuro que las izquierdas populares no llegan a reimaginar.

De hecho, el feminismo conserva una legitimidad social que otros lenguajes políticos perdieron. Muchos jóvenes apoyaron electoralmente al mileismo impulsados por la inflación, la pérdida de movilidad social o el desencanto con las élites políticas tradicionales, sin traducir necesariamente ese voto en un abandono de derechos civiles ya incorporados a su horizonte generacional. Determinados derechos conquistados por movimientos feministas y LGBTIQ+ se consolidaron como sentido común democrático más allá de la identificación militante.

Esto abre una hipótesis incómoda para el campo nacional-popular: el rechazo juvenil masculino podría dirigirse hoy con mayor intensidad hacia el peronismo —o hacia lo que se percibe como institucionalidad política tradicional, estatal y heredada— que hacia el feminismo en sí mismo. Tal vez una parte del error analítico haya sido interpretar el malestar juvenil contemporáneo como una reacción contra el feminismo (los varones heridos a los que nadie cuidó), cuando podría estar operando una impugnación más profunda hacia las formas tradicionales de representación política y de intervención política estatal sobre la desigualdad.

Si encontramos antifeminismo en las juventudes, podríamos especular que más que por su propio desempeño, ese rechazo es derivado de la asociación entre feminismo, progresismo y peronismo en el gobierno del Frente de Todos, o en el kirchnerismo. Un rechazo que, además, fue pacientemente construido por la batalla cultural conducida por medios y comunicadores que abominaban tanto la politización feminista por izquierda como el peronismo, especialmente el kirchnerista, sin más.

Lo que molesta, podemos pensar, no es el feminismo aislado, con sus modos de socialización, sus valores, sus hábitos, lo que ha molestado profundamente es el pegote conceptual y político con aquello que el kirchnerismo representa a los ojos de sus detractores por derecha. Ahora bien, nuestra pregunta es qué hacemos como feministas una vez que esta asociación ya fue puesta en marcha y en apariencia nos ha valido ser subidas al ring frente al movimiento global de tech bros imperiales. ¿Vamos a rechazar esta asociación? ¿Vamos a rechazar el intervencionismo estatal o la protección social? ¿Vamos a abdicar del feminismo o del progresismo? ¿Vamos a refugiarnos en un progresismo no peronista que tal vez no deje menos golpeadas pero a la vez igualmente débiles para hacer transformaciones reales? ¿O vamos a tratar de atravesar el problema?

El desafío para los feminismos no es únicamente defender identidades o derechos frente a la ofensiva conservadora, sino recuperar su capacidad originaria de leer y disputar problemas materiales —precarización, endeudamiento, vivienda, trabajo, expectativas de futuro— sin quedar encapsulados como una agenda sectorial asociada a un ciclo político en retroceso. El desafío es defender el Estado como igualador frente a la plutocracia que busca un Estado que no limite el autoritarismo de los superricos.

Para recuperar aquella convicción de que con el feminismo podíamos cambiar el mundo hace falta también desmontar un prejuicio muy arraigado: la idea de que si hablamos de género dejamos de hablar de economía. ¡Todavía debemos decir esto! Cuando el género entra en la política pública, no le quita agenda a la economía: la amplía y la complejiza. Por eso me parece tan preocupante cierto antiprogresismo silvestre que se volvió moda incluso dentro del campo popular. Decir que el feminismo fue apenas un exceso identitario es malintencionado e ignorante. Es una forma de perder la memoria, una forma de despojarnos de nuestra historicidad política, como dice Luis Ignacio García.

La política, especialmente el movimiento que representa a las mayorías populares, necesita al feminismo; y el feminismo necesita a la política. Esto no quitará al feminismo su cualidad movimientista, es decir, no lo convertirá en un partido de Estado. El feminismo ya es parte de la política y de la disputa global por el orden social hace muchos años. No deberíamos dejarnos convencer de que todo estuvo mal en eso que llamamos la institucionalización feminista (y su correspondiente partidización). Esa es precisamente la narrativa que hoy intenta consolidar la derecha: convertir una experiencia incompleta, contradictoria y limitada como es la feminista en una prueba definitiva contra cualquier intento de transformación. Hay una tentación muy contemporánea de convertir toda experiencia fallida en prueba de imposibilidad. Como si cada decepción cancelara para siempre el horizonte que la produjo. Pero quizás la política también consista en sostener, incluso después de las derrotas, la hipótesis de que la próxima vez podríamos ser distintos.

Justamente porque huele mal, es que hacia allá debemos ir.

5 junio, 2026

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