La larga marcha del leit motiv galtieriano

De sidewinders, bandanas y mccombos.

Argentina debe abandonar la idea, que arrastra desde 1982, de que recuperará las islas a partir del apoyo de un "hermano mayor". Por el contrario, Argentina tiene que fortalecerse como país para así poder obligar al Reino Unido sentarse en la mesa de negociación. Solo una política soberana -en todo el territorio nacional, no solo en Malvinas- hará realidad el sueño.

Foto del avatarPor Sebastián Ávila 24 de abril de 2026

Quizás tendría siete u ocho, quizás nueve. A esa edad me enteré que unos misiles llamados "sidewinder", de origen estadounidense, eran los que habían derribado a muchos de nuestros pilotos durante la guerra de 1982. Yo, un niño de clases medias porteñas, casi entrando en los años 90s, sabía de esto. Recuerdo que alguna vez lo hablamos con los pibes más pobres de mi grado, hasta ellos conocían esta historia. O porque tenían algún tío que había peleado o era muy malvinero, como mi viejo, o porque en alguna tarde aburrida de domingo habían escuchado de soslayo algún programa televisivo que hablaba de la guerra.

Por entonces, lo que yo no sabía era que muchos años antes, en 1831, la irrupción de una fragata estadounidense quebró la vida de aquel poblado incipiente llamado "Puerto Luis" en la Isla Soledad. Sin disparar un tiro pero con amenazas, saqueo y llevándose prisioneros a gauchos y colonos. El comienzo del fin de la gobernación y empresa comandada por Luis Vernet, comandante político-militar nombrado por las Provincias Unidas del Río de la Plata. Tampoco sabía que los barcos de esa bandera se dedicaban a explotar sin permiso los recursos de todo tipo presentes en el Atlántico Sur y que competían por el control de los mares con sus antiguos patrones, los ingleses. No había leído Moby Dick ni sabía quién era Herman Mellville. Solo había visto el mar un par de veces y en las fotos de la revista Gente que mostraban los últimos minutos del Belgrano. Nunca a nadie, en aquellos tiempos de mi niñez, se le hubiera ocurrido pensar que Estados Unidos era un posible aliado para recuperar las Malvinas. Ese leit motiv galtieriano que todos conocemos. Ni para eso, ni para muchas otras cosas que necesitaba la democracia recién recuperada. Esa especie de "intuición popular", también forjada por el apoyo yankee a nuestra última dictadura militar, de a poco se fue esfumando. En las calles y en los barrios, el recuerdo traumático de la reciente hiperinflación abría la puerta a un nuevo universo de posibilidades antes impensadas.

Llegaron los noventa y con ellos la idea de que una nueva y supuesta "realpolitik" ayudaría a sacarnos adelante. El muro había caído y era necesario repensar cómo se "integraría" la Argentina en el nuevo mundo comandado por los Estados Unidos. Algunos comenzaron a llamarlo: "Realismo periférico". Políticos y periodistas de traje y corbata aparecían en los principales canales explicando los beneficios que traería una alianza fraternal con el país del norte. Entre ellos, la posibilidad de recuperar la soberanía de las islas. Como una y otra vez en nuestra historia, Malvinas nos devolvía el reflejo de lo que pensamos como proyecto de nación. Le pasó a Galtieri pero también a José Hernández y a Rosas. Nos pasa a nosotros, cada 2 de abril.

Es raro, a comienzos de los noventa parecía que los argentinos sabíamos todo sobre Malvinas, pero nadie quería hablar de la guerra. Los veteranos vendían bolsas en los trenes y hacían actos, a los que mi viejo me llevaba, bajo la lluvia, desprotegidos, como en sus pozos de zorro. Los pocos libros que circulaban eran escritos por oficiales que reivindicaban "la gesta" o por periodistas que preferían la versión de "los chicos de la guerra" o de que todo había sido un mal cálculo de las cúpulas militares. En realidad, la mayoría de los libros ya habían sido escritos por los ingleses y eran pocos los que llegaban a nuestras manos. En Argentina nadie sabía exactamente por qué habíamos perdido aquella guerra o nadie quería saber. Ni siquiera las Fuerzas Armadas, que no estudiaban la táctica y estrategia empleada en el conflicto o los posibles errores a corregir. Las Ciencias Sociales, que tenían mucho para decir al respecto, apenas asomaban su cabeza bajo la solitaria figura de Rosana Guber y años después con las investigaciones del historiador Federico Lorenz.

Mientras tanto, en las calles, el odio anti estadounidense, primo hermano del antibritánico, seguía latiendo. A veces sobre los tablones de una popular de domingo, otras en cantitos frente a alguna embajada. De allí los conflictos que generó la visita de Gun´s and Roses en 1992, entre rumores de banderas argentinas quemadas y peleas de grupos de fans y ultranacionalistas liderados por Seineldin.

Pero como alguna vez retrató el querido "Bocha", la avalancha consumista de productos importados hizo mella en vastos sectores:

-Caen sobre mi

Las cadenas de supermercado

Compre más barato

Garantizado

Tal es así que mis compañeros, los mismos que hacía unos años puteaban a los yankees y decían que sin sus misiles hubiésemos ganado la guerra, ahora usaban bandanas con las "barras y estrellas". Algo que ya se ha dicho una y mil veces: las cosas tienen actancia, los objetos actúan sobre nosotrosSidewinders, bandanas y mccombos. El mismo fenómeno parecía suceder en Cancillería. A partir de 1989, el gobierno argentino buscó reestablecer la diplomacia con Reino Unido dejando de lado, "momentáneamente", el reclamo de soberanía. Sus objetivos eran claros: reponer los vínculos comerciales con la Comunidad Europea, seducir a los isleños y "reinsertarse" en el nuevo mundo bajo (casi) total dominio capitalista. Petróleo y pesca en un supuesto sistema de "cooperación" que en realidad encubría, dado el desguace de nuestra Armada, el remate de YPF y la inexistencia de flota pesquera propia, el vía libre para los británicos. La idea de este supuesto "paraguas" era que funcionase como paso previo al inicio de negociaciones por la soberanía. Para ello, el mediador sería el principal aliado del gobierno argentino: el demócrata Bill Clinton. Desde 1994, el gobierno de Carlos Menem le reclamó a Washington su intervención bajo este rol. Recién en 1999, el gobierno estadounidense inició esas conversaciones que no derivaron en absolutamente nada. A pesar de haber cumplido con todos los "deberes" para ser un aliado fiable, siguiendo sus dictados en política económica y enviando tropas al Golfo, Argentina no logró ningún avance. Alguien podría decir: se lograron establecer puntos en común en materia de inversiones, pesca y petróleo, además de reestablecer los vuelos desde el continente a las islas y asegurar el mantenimiento del cementerio argentino en Darwin. Sí, pero en términos de soberanía, no existió avance alguno.

La historia que sigue es bien conocida. Nestor y Cristina Kirchner dieron un vuelco de 180 grados a la política exterior menemista respecto a Malvinas. Discurso anti-yankee y latinoamericanista, búsqueda de apoyos en la mayor cantidad posible de países (y potencias) y reivindicación del reclamo por soberanía con Reino Unido. "Volveremos a Malvinas de la mano de América Latina". Ojo, también las gestiones Kirchner tendieron puentes para que Estados Unidos fuese el garante de nuevas conversaciones. Sobre todo, a partir de las victorias demócratas que siguieron al gobierno de Bush. En esa línea, en 2012, el gobierno de Cristina Kirchner logró lo que Menem hubiese soñado: El gobierno de Obama instó a las partes a sentarse a negociar. ¿De dónde venía esta declaración? Del pedido de la propia Cristina, en 2010, para que Hillary Clinton funcionase como mediadora ante el gobierno laborista de Gordon Brown. Pero también de la suba de tono en los discursos por parte de ambos gobiernos como de las políticas argentinas al respecto. Por ejemplo, el acuerdo de los países miembros y asociados del Mercosur para evitar el ingreso de buques con pabellón isleño en sus puertos.

Hay que decir todo. Malvinas se convirtió en discurso público al compás de la creciente inflación que por entonces era explicada como "coletazo de la crisis de Lehman Brothers" o de los intentos desestabilizadores de Shell. Quizás pueda doler, pero en un gesto también galtieriano, el gobierno kirchnerista sacó a relucir un nuevo billete de 50 pesos malvinero cuyo valor decrecía día tras día. En paralelo a estas políticas, también buscó posicionarse más cerca de las nuevas potencias, como China, y del conjunto de países "emergentes" reunidos en el BRICS. Alguna vez soñamos, de manera naif y estúpida, con que esa sigla tuviese una A final que nos integrase. También soñamos con que esa posibilidad diera más fuerza aún al reclamo argentino. Nada de eso sucedió. Solo el rumor del leit motiv galtieriano por otros medios. Sin hermanos mayores, tampoco el kirchnerismo veía un posible avance. Aún cuando hasta 2007 muchos indicadores económicos mostraban una recuperación que permitía proyectar un país normal. Quizás, fue el adaptacionismo constante al precio de la soja el que devoró cualquier idea de planificación a mediano plazo. Entre ellas, la de una política exterior que supiera construir sus propios tiempos.

Año 2015 y todavía no sabíamos por qué habíamos sido derrotados en 1982. Es más, podíamos conocer mejor la historia de aquel primer intento de colonización argentina bajo los comandos de Vernet, gracias a los aportes de investigadoras como Silvina Gutiérrez, que sobre el dispositivo defensivo argentino en el Sector Plata. ¿Sector Plata? Dirán ustedes. Sí, Sector Plata, uno por los que se avino el ataque británico que terminaría por concretar el objetivo político-militar más preciado de la guerra: que caiga Puerto Argentino. ¿Por qué sería importante saber algo del "Sector Plata"? Quizás, porque la única guerra exterior que peleó nuestro país durante el siglo XX pueda decirnos algo de cómo actúa el Estado argentino y de cómo aquello refleja en gran parte nuestras formas de relacionarnos, organizarnos, ver, pensar y habitar el mundo. Quizás porque el estudio del paisaje construido y de las formas en que nuestros combatientes lo habitaron para combatir pueda decirnos un montón sobre esas islas que creemos conocer, pero a las que solo accedemos por visiones mitológicas y romantizadas.

Año 2021. El gobierno de Alberto Fernández lanza una convocatoria para proyectos científicos "a 40 años de la guerra". Mi equipo se presenta bajo el comando de Rosana Guber para investigar dos de los combates más importantes del conflicto y buscar entender cómo fue la organización social y política de las fuerzas argentinas. Por lo bajo, se nos dice que es probable que no seamos elegidos, porque "no hay que hablar de la guerra, ya pasó". Sí, señoras y señores, para afuera discurso soberano, para dentro: "de eso no se habla, no te metas". A pesar de todo, el jurado decidió elegirnos. Inflación mediante, los mismos fondos que sustentarían nuestra investigación se evaporaron, como pompas de jabón. No importó. Una adecuada conducción, junto al apoyo de diversas instituciones, se las ingenió para llevarnos a las islas a realizar la primera campaña arqueológica junto a veteranos de guerra en el marco de un proyecto interdisciplinar.

Mientras tanto, en Cancillería, nada sustancial había cambiado. El Reino Unido se mantuvo, y se mantiene, en su postura de "respetar la autodeterminación de los pueblos", en referencia al referéndum isleño en el que se votó la pertenencia británica durante 2013. Votación parida tras los discursos del entonces ministro de defensa, Puricelli, quién había dicho que la población isleña eran "rehenes de Reino Unido". Nuestros aliados mantuvieron, en su mayoría, su apoyo a la posición argentina sin mayores costos que alguna declaración por año. Pasaron Macri y Fernández y nada ha cambiado. Alguien dirá, te olvidas del "Foradori-Duncan". Repito, en el plano de la soberanía sobre las islas, nada había cambiado. Lo que sí cambió fue la absorción del "realismo periférico" por parte de los "políticos profesionales" de eso que a veces denominamos como "campo popular". Por fuera de los micrófonos y muchas veces con "gestos" como visitas a embajadas y otros mitines, todo parece indicar que una buena porción de la política argentina continúa creyendo en la idea de que solo con la intervención de algún "hermano mayor", lograremos volver a discutir la cuestión soberana. Nada que no se parezca a lo que piensan sobre posibles proyectos futuros de nación. ¿Cuán lejos estamos del leit motiv galtieriano que nos llevó a la guerra? ¿Cuán lejos de la "demostración de fuerza" que al final fue guerra insular?

Sin bandanas ni riffs potentes, el gobierno de Milei busca replicar aquellas viejas "relaciones carnales". Supuestos analistas internacionales afirman que esta es la mejor salida para la cuestión Malvinas. Es más, aseguran que debemos entregar una base militar en Ushuaia a Estados Unidos para que la que existe en Malvinas quedé en ridículo. Ahora, con la filtración de un mail del Pentágono, sin confirmación oficial alguna, su teoría pareciera confirmarse. Claro está, dependemos de los chisporroteos inter imperiales para pensar nuestra soberanía. ¿Una soberanía tercerizada? No solo sobre Malvinas y Tierra del Fuego, sino sobre todo el Atlántico Sur. La gran pregunta es entonces: ¿Para qué queremos Malvinas? ¿Para que los Menendez, los Braun y los Caputo se repartan, junto a sus socios transnacionales, las tierras y recursos como ya lo hacen en la Patagonia? Pasen y vean el tremendo trabajo que han hecho compañeros y compañeras del Observatorio de Tierras (https://www.observatoriodetierras.ar/) sobre el avance en la extranjerización y sus múltiples relaciones con la explotación de recursos hídricos y mineros.

¿Ladrónima en Malvinas? ¿Para que Trump nos exija una base militar al estilo Chagos? ¿En este contexto de creciente militarización yankee en nuestro continente?

Pero quizás, lo más nuevo sean las charlas de quincho donde algún primo o tío dice:

-No nos queda otra más que negociar con los yankees de por medio.

Off the record, muchos analistas "del otro lado del muro", afirman cosas parecidas, pero cambiando la bandera de barras y estrellas por una más bien colorada y con estrella amarilla.

-Cuando se pudra todo, los chinos van a querer manejar el paso interoceánico.

Grandes saltos hacia delante, o más bien, hacia la nada.

Sin embargo, hay que decirlo, el discurso de Milei plantea un argumento, engañoso, pero argumento al fin, que no debe subestimarse. Un argumento que nos duele de tan real. La idea de que las Malvinas estarán más cerca cuando seamos un país fuerte. Sí, lo sé, sus políticas van claramente en camino contrario a eso. Lo que daría a entender que, a relevo de pruebas confesión de partes, prefiere mantener nuestro status semicolonial. Como sea, es una realidad que no debemos subestimar. China no se abalanzó sobre Hong Kong con las grandes hambrunas de la primera Reforma Agraria. Al contrario, retiró su apoyo a la posición argentina en 1982 como parte de las negociaciones para recuperar aquella otra isla. Una realpolitik adaptada a una reconstrucción político-económica planificada que por entonces llevaba solo tres años de vida.

En mucha menor escala, el proceso de devolución de soberanía de la isla de Chagos a Mauricio por parte de Reino Unido muestra cómo se mueven las fichas hoy en el tablero internacional. El Brexit de 2020 aisló al gobierno inglés en la ONU, dejándolo en una posición débil. En paralelo, Mauricio logró sellar amplias alianzas con India y China a la vez que se posicionaba como una de las economías emergentes más importantes de África. Fue en este marco que Reino Unido aceptó la devolución soberana, sí, pero con arriendo de 99 años a la base militar que ingleses y estadounidenses comparten. Los chagosianos expulsados por los británicos podrán retornar a las islas (menos a la que contiene la base militar) y el estado africano recibirá una compensación económica de 40 millones de libras.

Por supuesto, las coincidencias y diferencias con Malvinas son múltiples. Quizás, la más importante sea la estrategia paciente, realista y constante con la que Mauricio sostuvo su reclamo soberano, sin apelar de manera desesperada por los grandes hermanos. Claro que India y hasta el propio Estados Unidos influyó en la decisión británica, pero no como "mediadores únicos" sino como parte de un bloque estratégico de presión que incluyó el apoyo de la Asamblea General de la ONU y de 55 países miembros de la Unión Africana. Bajo esta presión multilateral, Mauricio logró aislar al Reino Unido, haciendo que el costo político de mantener su enclave colonial fuese cada vez más alto. Ello no quita que a la hora de negociar, una política realista admitió sostener la base militar sobre territorio que ahora se considera soberano. ¿Estaríamos dispuestos a negociar algo similar en el caso de Mount Pleasant? ¿Suena ya, como un pecado malvinero, hacer este tipo de preguntas?

Como fuere, el caso de Chagos rompió la histórica intransigencia británica para discutir el "status" de sus llamados territorios de ultramar y mostró las hilachas de sus contradictorios argumentos. Reino Unido admitió haber ignorado los derechos de la población autóctona en Chagos al expulsarlos de su territorio, mientras que en Malvinas sostiene su postura colonial en un supuesto respeto de la "autodeterminación" de los isleños.

Retornando a esa prédica mileista que nos duele, debería existir la noción de que el tratamiento, investigación y debate sobre nuestra única guerra internacional es fundamental para entender qué nos pasó y qué nos pasa con Malvinas. Para ello necesitamos un sistema científico robusto que se sostenga en el tiempo. También, una discusión que no hemos querido dar durante mucho tiempo. ¿Qué hacer con las Fuerzas Armadas? ¿Dejarlas en este estado paupérrimo, donde hombres y mujeres mueren o son heridos por sistemas vetustos o negligencias? ¿Conminarlas a ser una guardería del pobrerío que con más huevos y ovarios que otra cosa sostiene eso que en "la capital" llamamos "soberanía"?

Por supuesto, otros especialistas deberán debatir las alianzas y estrategias más convenientes según la situación geopolítica mundial. Pero nada de eso servirá, si seguimos soñando con el hermano mayor galtieriano que nos saque de esta orfandad política e intelectual. Menos todavía, si creemos que llegaremos a buen puerto observando una discusión por soberanía desde afuera, con "la ñata contra el vidrio". Un nuevo proyecto de nación, y su consecuente política soberana, debería surgir de reflexiones profundas y no de adaptaciones galtierianas a la realidad que nos toca vivir. Quizás, reconectando aquella fibra popular que conecta Malvinas con nuestros sueños más nobles. Y digo nuestros sueños porque de los otros, ya conocemos demasiado.

 

*Sebastián Ávila es licenciado en Historia (UBA) y miembro del Instituto de Arqueología y becario doctoral (CONICET). Participa de diversos equipos que investigan la guerra de 1982 y la experiencia de gauchos en Malvinas durante el siglo XIX. Fue ganador del Premio Futurock de Novela en 2021 por "Ovejas".

24 abril, 2026

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